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Full text of "Atmósferas: poemas en prosa"

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Federico Rivero Scarani 


ATMÓSFERAS 

(Póemos en proso) 


Premio «Mención Honorífica» 
en el Concurso Literario 
de la Intendencia 
Municipal 
de Montevideo 
1999 



Vintén Editor 



© Federico Rivero Scarani 
© Vintén Editor 

ISBN 9974-570-79-4 
Depósito Legal: 317.095/2000 
Impreso en Impresora de los Pocitos 
Hocquart 1771 - Tel. 209 02 23 

Montevideo - Uruguay 
Mayo de 2000 



Para Ivana Panela, 
la estrella que me ampara. 


Cuando los fantasmas se conviertan en sonido y la voz 
del hombre sea apenas el gemido de un animal más sobre 
la tierra hostil. Cuando los templos sean las únicas 
guaridas y la aurora la estrecha esperanza que conjure 
las sombras, que deshaga los miedos y aplaque los 
aullidos de las máquinas, no habrá otra ley que la del sol 
radiactivo, no habrá otro dogma que los ojos de la noche 
hambrienta por aquellos que se atrevan a mirarla. 

Algunos estarán lejos bajo otras constelaciones, y un 
nuevo zodíaco augurará otros destinos ; los signos 
cambiarán su forma y el decimotercero contará una 

antigua leyenda. 




COSMITOLOGIAS 



AGAMENÓN Y BEATRICE fueron publicados en "Ecos 
de la Estigia", 1998. Los demás cuerpos celestes serán 
descubiertos próximamente. 



Calixto 


Las coordenadas 1499-23 de la Constelación de 
Burgos señalan la ubicación de un sistema solar cons¬ 
tituido por una estrella amarilla y tres planetas que 
la orbitan. El más cercano al astro fue denominado 
Calixto, UN PLANETA JOVEN cuyo origen no ha 
sido determinado aún. Este cuerpo celeste se carac¬ 
terizó por haber poseído vida, con un clima de pri¬ 
mavera eterna, el cual permitió la proliferación de 
variedades de EXAGERADAS FLORES ENAMORA¬ 
DAS que se entristecían en los crepúsculos al son de 
laúdes de brisas eolias. 

El planeta Calixto, el más cercano de los tres a la 
ESTRELLA MELIBEA, poseyó una zona oscura, la 
cual estaba cubierta por una noche cerrada; SE EN¬ 
CONTRARON VESTIGIOS EN LAS CUEVAS HÚ¬ 
MEDAS, con caracteres bermejos de una lengua ex¬ 
traña que, según los arqueólogos-lingüistas, eran 
invocaciones a un dios maldito, señor de las profun¬ 
didades insondables y amante de Tesífone, Megera y 
Aleto. El objetivo de estas escrituras rupestres son 
tema de debate entre los investigadores; una teoría 
afirma que algún ser las escribió para provocar la 
destrucción del planeta, pero esta teoría duerme en 
el letargo de la memoria de algún computador 
demodé. 

A los pocos años de ser descubierto este sistema 
solar se pudo apreciar una catástrofe sin precedentes 


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en los anales de la Historiografía Estelar: Calixto, des¬ 
pués de temblar durante varios días enamorado de 
su estrella rubia, SE PRECIPITÓ EN EL ESPACIO 
DESDIBUJANDO SU ÓRBITA NORMAL cayendo en 
el penúltimo abismo donde la materia se congratula 
buscando su forma. Como consecuencia de esa des¬ 
estabilización cósmica la estrella Melibea se fue apa¬ 
gando paulatinamente hasta reducir su tamaño y co¬ 
lor (de una blancura brillante). Por motivos y causas 
que todavía se desconocen fue cayendo, titánicamen¬ 
te, hacia el agujero negro que la esperaba abrigándo¬ 
se en sombras eternas. Los otros dos planetas del sis¬ 
tema solar, los más antiguos y estériles, quedaron a 
oscuras y congelados para siempre. 


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Dulcinea 


El ingeniero y astrofísico de origen español Alonso 
Quijano planificó en el siglo XXVIII un satélite artifi¬ 
cial que concretaría la esperanza de ser un jardín exó¬ 
tico de las delicias en la profundidad del espacio. El 
nombre de esa isla de forma esférica sería DULCINEA 
cuya órbita permitiría tener amaneceres mecánicos y 
un mar azul con playas donde LOS CYBORGS SE 
ASOLEARÍAN CON LOS HUMANOS. El ingeniero 
planificó sistemas de variadas clases, estructuras de 
titanio y ónix, organigramas laberínticos, superficies 
caprichosas de valles prehistóricos; planificó la flora 
y la fauna más exquisita seleccionada de los planetas 
de la Federación; mientras trazaba planos y configu¬ 
raba listas inacabables para la organización del saté¬ 
lite artificial, un mundo de ensueños e ideales flotaba 
en la habitación donde Alfonso Quijano, el ingeniero 
espacial, trazaba geometrías sobre papiros blancos. 
Las distintas razas habitarían esa nueva Babilonia; la 
confraternidad, la justicia y el amor conformaban el 
TRIVIUM DEL EDÉN ESTELAR. Así en Dulcinea la 
vida sería un deleite con una cultura heterogénea y 
sin prejuicios en lo concerniente al amor: él ya de por 
sí amaba su holograma envolviéndose en las luces 
cuando frisaba la edad de cincuenta años. Tenía una 
sobrina de veinte y una andreida que cumplía su rol 
de ama de llaves. Leía con fruición novelas de cien¬ 
cia ficción y a veces en la madrugada tomaba su plu¬ 
ma y escribía historias como si fuese el mismo Isaac 
Asimov. 


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Del siniestro que terminó con todos los proyectos 
de aquel inefable ideal (el satélite Dulcinea) sólo se 
recuperó el fragmento de un poema escrito de puño 
y letra del astrofísico, y reza así: 

«Cyborg, cyborg, naturaleza muerta, 
quién podría tener tus ojos de ágata 
y tus manos de puro cristal. 

La aurora de metal es tu hermana 
y la esfera tu alma, cyborg, 
y la esfera tu alma. 

Trocé flores de diamante para ti 
en el equinoccio azul 
de mis acuarianos deseos. 

Cyborg de piel de diez niñas ...» 


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Eurídice 


El cuarto planeta del sistema solar Virgilio fue bau¬ 
tizado Eurídice por el astronauta llamado Orfeo 
Andersen. Este hombre, capitán de LA NAVE ARIS- 
TEO donde las ninfas se sientan en cristalinas sillas, 
volvió luego de varios años para una misión imposi¬ 
ble: reproducir vida en la estéril tierra de Eurídice. 
Hace milenios albergó una vida rica en flora y fauna, 
en criaturas bellas como niñas vírgenes de piel azul; 
luego murió condenándose a la frialdad de oscuras 
noches de arena. LA MISIÓN: UN PROGRAMA DE 
VANGUARDIA CAPAZ DE ORIGINAR VIDA. Cari 
Sagan propuso en el siglo XX bombardear Venus con 
plantas verdiazules con el objetivo de producir un 
fenómeno químico plausible de fomentar microorga¬ 
nismos durante el lapso de milenios. Ocho siglos des¬ 
pués rescataron tal utopía y la modificaron. Orfeo 
estaba a cargo de tal misión. Ordenó el lanzamiento 
de doce misiles cargados de una sustancia revitaliza- 
dora; norte y sur, este y oeste, y otras latitudes claves 
del planeta recibirían una segunda oportunidad. 
Aristeo abrió sus compuertas en el oscuro espacio de¬ 
jando salir los misiles con la sustancia vital (eran 
espermatozoides ansiando el óvulo). Esta nave en su 
primer encuentro con el suelo de Eurídice quemó los 
últimos restos de vida —un pequeño oasis sureño 
entre catedrales de piedra—, al aterrizar. Ahora era 
el momento de revertir la situación porque Orfeo 
Andersen se sentía en parte culpable; sus ratos de 
ocio se conjuraban por la melodía de su guitarra acús- 


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tica haciendo que todos, hombres y mujeres, plantas 
y animales, organismos biomecánicos y sistemas 
informáticos, se rindieran a las melodías de sus can¬ 
tos cósmicos. Las explosiones dieron resultado: en 
cuestión de meses una rala vegetación creció, la at¬ 
mósfera se hizo respirable y algunos animales terres¬ 
tres habitaron el suelo. Sin embargo cuando el éxito 
suponía la confirmación del programa vital —llama¬ 
do Proteo por los técnicos—, Orfeo, deseoso de des¬ 
cender para contemplar la vida que se extendía 
barrocamente, decidió euridizar con la nave Aristeo 
en un valle verde recientemente nacido. Su anhelo y 
ansiedad fueron tan desmesurados que incendió el 
valle con las turbinas de la nave. Todo comenzó a 
quemarse y a deshacerse en las latitudes elegidas; fue 
un rosario de veneno extendido sin piedad. Nueva¬ 
mente Eurídice volvía a las tinieblas de la muerte. El 
personal femenino de la nave se amotinó aunque ama¬ 
ban más a Orfeo que a las estrellas. Lo tomaron de 
rehén y seducidas por un impulso de venganza ins¬ 
tintiva lo decapitaron con una espada marciana. SU 
CABEZA FLOTÓ COMO UN ASTEROIDE en la ór¬ 
bita de Eurídice; su voz sonaba en los negros espa¬ 
cios y repetía colmada de amor y arrepentimiento el 
nombre de AQUEL PLANETA QUE MURIÓ DOS 
VECES. 


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Faetón 


Entre Júpiter y Marte el Cinturón de Asteroides 
se extiende. Cuenta una leyenda que Faetón, hijo del 
Sol, con los caballos desbocados por su ineptitud vol¬ 
có el carro del sol quemando los cielos. Pero lo cierto 
es que hay una segunda leyenda que luego fue con¬ 
firmada por los investigadores pasando de ser leyen¬ 
da o mito, por un proceso dialéctico-empírico, a una 
tesis irrefutable. Sucedió hace setenta millones de años 
que este planeta con vida inteligente de acuerdo a los 
parámetros nuestros estalló por causas antinaturales: 
los seres que vivieron en Faetón desarrollaron una 
ciencia y una Tecnología hiperavanzadas que, si bien 
les permitió conocer los demás planetas de nuestro 
sistema, incluida la Tierra, también provocó una ca¬ 
tástrofe que terminó con su propia naturaleza. 

Existen versiones que acusan a los habitantes del 
quinto cuerpo celeste de irresponsables crea turas que 
no supieron dominar su propia tecnología. Supues¬ 
tamente la causa de la explosión fue una reacción en 
cadena de estallidos nucleares. Los más complacien¬ 
tes afirman que fue un astro gigantesco quien dio de 
lleno sobre Faetón provocando la desintegración par¬ 
cial. Incluso las dos lunas de Marte serían trozos de 
roca de aquel mítico cuerpo estelar. Lo cierto es que, 
ya por ira de algún zeus que lo derribó con su rayo a 
petición de una improbable gea o por soberbia inca¬ 
paz de ser controlada. Faetón perdió su Unidad; dejó 
su homogeneidad cósmica para convertirse en un obs¬ 
táculo de heterogéneos peligros para las astronaves. 


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Quienes navegan por aquel archipiélago no renega¬ 
rán de su belleza particular, pero hay un oscuro pre¬ 
sentimiento en las almas de los tripulantes, una sen¬ 
sación misteriosa como si fluyera de los mismos 
genes: son los destinos adversos de los seres u obje¬ 
tos que siendo alguna vez un todo entero pueden con¬ 
vertirse en trozos que deambulan por los espacios 
con la angustiosa esperanza de volver a unirse, qui¬ 
zás, alguna vez, como en el Principio. 


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Ganimedes 


Galileo Galilei descubrió en el año de Nuestro Se¬ 
ñor de 1610 el satélite Ganimedes, fiel compañero del 
inmenso Júpiter. Cuenta una antigua leyenda griega 
que un joven troyano, príncipe hermoso, fue raptado 
por Zeus para que sirviera de copero en el Olimpo. 
La belleza de Ganimedes asombraba a los dioses; un 
mortal que conmovía los sentidos divinos. Su cánta¬ 
ro rebosaba de una ambrosía que sólo los dioses po¬ 
dían degustar y que colmaba de felicidad y alegría 
los corazones inmortales. Zeus tomó la forma de un 
águila quizás por el amor particular que sentía hacia 
el joven príncipe troyano. De acuerdo a Ovidio los 
dioses, guiados por ciertos estímulos, principalmen¬ 
te el amor, adquieren apariencias ajenas a su ma¬ 
jestad para satisfacer sus deseos y voluntades. Y es 
así que Ganimedes elevado hasta la morada etérea 
derrama con su cántaro el licor del placer y del éxta¬ 
sis. Su efigie representa el signo de Acuario la cual 
puede hallarse en el astropuerto a través de una es¬ 
tatua de mil metros de alto. 

Este satélite disfruta de un gran reconocimiento 
particular por parte de los turistas espaciales. Las 
bases construidas en su suelo son flores metálicas in¬ 
candescentes desde los cielos, arquitecturas de pla¬ 
ceres vip, edenes de goces infinitos. Los turistas re¬ 
corren la geografía de Ganimedes en cápsulas donde 
el placer elegido es satisfecho gracias a las excentrici¬ 
dades de la tecnología. Tener a Júpiter abarcando un 
gran sector del cielo y disfrutar de un orgasmo inin- 


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terrumpido de una hora es uno de los mayores atrac¬ 
tivos para los exquisitos visitantes. Recorrer las rui¬ 
nas de una antigua civilización alienígena sintiéndo¬ 
se dentro de la cápsula un color (azul, verde, rosado 
de acuerdo al indicador que se elija) también se con¬ 
vierte en uno de los mayores atractivos. El Valle de 
Rama se constituye como uno de los más ponderables 
ingenios creado artificialmente: bajo la inmensa cú¬ 
pula protectora los dioses paganos fueron revividos 
y son cyborgs de plata y oro, anfitriones del titánico 
palacio de mármol, donde Ganimedes desde su vida 
artificial obsequia a los visitantes una copa de am¬ 
brosía. Estos al beber sienten la omnipotencia divina, 
son deidades por un instante de su mortal condición, 
poseen atributos inherentes a los inmortales que ha¬ 
cen de ellos apolos y minervas, afroditas o dionisos, 
ríen como ellos, aman, se consustancian con lo etéreo 
y sublime, mientras Ganimedes proyecta su sombra 
sobre Júpiter y su luz hiperestésica sobre las almas 
humanas ávidas de inmortalidad. 


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Hamlet 


El pálido y frío planeta bautizado Hamlet en el 
2664 por el capitán VVilliam Reeding de la nave Reina 
Isabel se ubica en el cuadrante nórdico del Sistema 
Solar Escandinavia. Su color es de un blanco tiza man¬ 
chado en ciertas zonas de rojos crepusculares e in¬ 
mensos lagos de un glauco opaco propio de valles y 
bosques donde elfos transparentes inspiran suicidios 
cantados. Crónicas del viaje atestiguaron la presen¬ 
cia de sombras que instigan a venganzas. Algunos 
de los astronautas sufrieron paranoias y sentimien¬ 
tos de inseguridad mientras recorrían inmensas pla¬ 
nicies lisas en sus vehículos impulsados por el vien¬ 
to. De todas formas superaron esas crisis emotivas 
representando escenas de sus vidas para un público 
compuesto de esencias, nubes y grutas de profundos 
abismos. Un texto encontrado en los sistemas infor¬ 
máticos de la nave Reina Isabel confirma la desapari¬ 
ción de la tripulación; quien escribió ese informe, por 
su estilo y perspectiva, tal vez haya sido el capitán 
William Reeding, aunque no hay firma sino suposi¬ 
ciones las que refrendan el hecho. El texto dice así: 
«Encontramos un cráter de 1.063 km de diámetro en 
el hemisferio oriental del planeta y lo denominamos 
Laertes para los anales de la Enciclopedia Estelar». 
Comprobamos la existencia de una masa incrustada 
en la superficie, lo suficientemente grande como para 
no haberse pulverizado durante el impacto. Hay 
motivos suficientes como para suponer que parte de 
la vida de este cuerpo murió, aunque aún habitan se- 


ís 



res extraños en los valles y bosques fértiles que so¬ 
brevivieron al impacto. Nos contactamos con ellos, 
pero fue un error, se apoderaron de nuestras almas, 
las clasificaron según sus criterios e hicieron de ellas 
«otros», una especie de alteridad que nos obligó a 
cambiar de personalidad. El teniente Scarani se hizo 
llamar Yorik mientras bufoneaba en la base que ins¬ 
talamos cerca de un peñasco que se erizaba sobre una 
inconmensurable laguna verde. La semióloga- 
antropóloga Prístina Pierce creíase monja o prosti¬ 
tuta y nos suplicaba que la llamáramos Ofelia; am¬ 
bos tripulantes perecieron: el teniente se decapitó con 
un láser para que su cabeza la tomara el médico de la 
flota —que se creía un sepulturero — y especulara so¬ 
bre aspectos ontológicos en esa extraña inmolación. 
La Dra. Pierce se zambulló en un arroyo que desem¬ 
bocaba en la laguna y cubierta de flores cantaba des¬ 
variando una balada normanda, la perdimos y nues¬ 
tro sacerdote católico se negó a buscarla para darle 
sepultura como Dios manda. A la sazón nuestro clé¬ 
rigo se creyó que era un rey llamado Claudio e insti¬ 
gó a los militares a destruir el planeta bombardeán¬ 
dolo con misiles antimateria. Hubo un amotinamien¬ 
to, se mataron entre ellos, algunos escapamos excep¬ 
to el alférez Hiroito aduciendo que él era Laertes, 
nombre que le dimos al asteroide y al cráter, y enton¬ 
ces corrió por la explanada estéril hacia la gran roca 
perdiéndose y destilando veneno en sus palabras. 

Luego comenzó la locura general de aquellos que 
íbamos huyendo: un sentimiento de mea culpa los 
hostigó a correr y representar escenas que sus cere¬ 
bros enfermos, inspirados por seres extraños, resca- 


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taban de una memoria falsa aspectos de vida que no 
eran suyos. Se mostraban como excelentes actores, 
yo incluso me senté en el piso respirando el aire en¬ 
rarecido de la tarde y los observé junto a la ingeniera 
Eslamovich que me decía en un susurro al oído que 
se sentía otra, una mujer voluptuosa cuyo nombre 
era Gertrudis; aplaudimos y reímos mientras yo, en 
arrebatos de lucidez escribía en mi libreta electrónica 
esta historia a la que me estoy refiriendo. La señal de 
mi escritura se va registrando en el computador cen¬ 
tral de la nave. Sacamos de nuestras mochilas un li¬ 
cor venusino y bebimos hasta el éxtasis, Gertrudis 
me seducía y yo la besaba como a mi amante predi¬ 
lecta, le confesaba secretos varoniles, y ella me acari¬ 
ciaba en tanto las lunas se erigían sobre el sur, los 
actores huyeron al fin hacia las lunas actuando y llo¬ 
rando, riendo y saltando. Quedamos solos; solos en 
Hamlet, pálido y triste, espectralmente bello, helado 
en sus pálidas nieblas nocturnas azuladas. Acaricié 
su cuello y ella entornaba los ojos salpicando con sus 
labios besos, y la besé y la amé hasta que dejó de res¬ 
pirar porque apreté su cuello en su último orgasmo. 
Maté a Gertrudis; no resistí la confusión ni el placer 
de haber sido su amante e hijo. Soy Hamlet, moriré 
culpable y admirado por decidirme a ser quien en 
realidad debiera haber sido.» 


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ESCENAS DE CIRCO 

(Délicatesse) 


Para Adriana P. V. De S., meu bem. 



La Bella 


Y sentado escucho las confesiones del joven y el 
ambiente se me torna un escenario donde yo, perso¬ 
naje de una comedia de las 4 de la tarde escucho, y 
soy confesor de la tarde gris, un brumoso cura en el 
confesonario, y las palabras de amor y rencor se me 
hacen escenas de un film de los años 70 en blanco y 
negro; trato de consolar con asentimientos al confeso, 
gestos, ojos fijos, oídos abiertos, sonrío o condeno un 
hecho con muecas de arlequín mientras la ciudad se 
moja y las sombras son ciudadanos mojados, allá afue¬ 
ra de mi ámbito de comedia de la tarde, la voz de ella 
seductora rodeada de angelotes barrocos, al instante 
suenan trombones y trompetas: «junto a las manillas 
de un reloj/ esperarán/ todas las horas que quedaron por 
vivir/ esperarán/ todas las promesas de mi amor se irán 
contigo/ me olvidarás/ me olvidarás ...» (Marchita 
circense: la jovencita rubia con vestido de bailarina 
de ballet en el centro circular del escenario, sobre una 
tarima, un foco iluminándola, la oscuridad la rodea, 
entran leones en fila con pasos de ganso, tigres con 
flautas, elefantes tocando tubas, la niña erótica e ino¬ 
cente mueve sus labios pequeños y rojos, entorna ojos 
claros, es rubia como un sol; monos con redoblantes 
también desfilan, las trompetas son tocadas por gri¬ 
fos y los trombones por centauros, rodean a la joven 
hada y a su estribillo: «¿por qué te vas?/ todas las pro¬ 
mesas de mi amor se irán contigo/me olvidarás». Luz de 
foco: Franco, el Generalísimo, rodeado de hombres 
apenas sonríe y su sonrisa es un tajo bajo el bigotito. 
Escenario: un trapecista cruza el aire, payasos con ha- 


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chas y garfios, colombinas tullidas, la gorda del circo 
es llevada por diez forzudos en una parihuela comien¬ 
do manzanas, todos rodean a la bella, a la niña en¬ 
cantada que está obligada a cantarle al Generalísimo; 
«cría cuervos y te sacarán los ojos», murmuró un es¬ 
pectador y al instante fue invitado por dos tipos a 
retirarse, después ya se sabe, no? Y ella canta «todas 
¡as promesas de mi amor se irán contigo/por qué te vas?» 
y un primer plano enfoca su rostro cuya piel blanca 
por el maquillaje muestra un lunarcito falso sobre sus 
labios; recuerda que esa canción la escribió un poeta 
mendigo cuya guitarra sonaba como un laúd porque 
en el medioevo de su espíritu, cuando dormía en el 
metro, se colmaba de confesiones pasadas germina¬ 
das por un amor inconcluso, nocivo igual al aire con¬ 
taminado de la ciudad; ella recuerda mientras canta 
el instante en que él le ofreció la letra y la melodía a 
cambio de un almuerzo frugal y la paciencia de quien 
escucha, luego se marchó por escaleras frías, «todas 
las promesas de mi amor se irán contigo», el farol no 
puede escuchar aquellas promesas que quedaron por 
decir, y las horas que quedaron por vivir se dilatan, 
y ahora frente a un público a oscuras en el centro del 
escenario canta). Envuelto en mi hábito oscuro, sa¬ 
cerdote de tardes grises de fin de siglo, al sur, casto 
por aquella que fue mi dios, mi melibea, escucho la 
voz quejumbrosa de veinte años, la preocupación, la 
nostalgia del confeso por un amor por demás joven y 
judas ahora tiene cara de fémina conocida, familiar, 
mi templo, mi casa, él y yo, se va más tranquilo por¬ 
que fui su confesor; quedo frente a un altar húmedo, 
es un patio que las ventanas del living me lo abren 
como telones de la comedia de las 4 de la tarde y son 
las 4 menos cinco y no sé con quién confesarme. 


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«El enano de circo» 


El enano Robespierre trabajaba en el circo conven¬ 
cido de que algún día la trapecista sería su amante 
como lo era del forzudo la gorda con barba. Robes¬ 
pierre con su pequeña estatura veía más allá que cual¬ 
quiera: era gran lector de Lucrecio, y como buen ma¬ 
terialista, negaba la intervención de los dioses por con¬ 
siderarlos entidades lejanas a este valle de lágrimas, 
y a todo esto juntaba sus ahorros con el objetivo de 
huir algún día de su condición y de aquel circo, aun¬ 
que no romano, brasilero. Robespierre tema un nú¬ 
mero en el que atrapaba con sus bracitos a la mujer 
de sus sueños cuando ésta se dejaba caer del trapecio 
sin red que la protegiera. El corría de un lado para el 
otro en la arena para producir un efecto de humor y 
peligro, los trombones marcaban el ritmo de sus me¬ 
nudos pasitos y saltos. El público en penumbras con 
sus bocas abiertas, y la beldad caía del cielo igual a 
un hada desmayada. 

Una noche sin luna porque el cielo estaba encapo¬ 
tado y el poco público que había parecía un jurado 
de monjes por sus capuchas negras, salió Robespierre 
taciturno, al show lo conocía de memoria: un primer 
paso, el trombón sonando desde un rincón, su cabe¬ 
zota se inclinaba mirando la cerchas de la carpa, es¬ 
peraba el décimo movimiento sincronizando la caí¬ 
da, pero el enano olvidó que aquella noche con ce¬ 
rrazón lo había resfriado, y antes de estornudar y 
hacer una obligada genuflexión que su cuerpito le 
permitía, no reparó en el efecto trascendente para su 


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destino: la trapecista se dejó caer y reventó su her¬ 
moso cráneo rubio contra el suelo mientras el enano 
se sacudía los mocos. La sangre fluyó en seguida y el 
público perverso y encapuchado aplaudió aquel acto. 
Robespierre apenas pudo contener un gemido aho¬ 
gado. El forzudo lo abrazó con todas sus fuerzas para 
evitar que se acercara a ella. El dueño del circo gritó 
su próximo número: el oso eléctrico y los monos abo¬ 
gados. El foco de luz se centró en la pálida cara del 
dueño del circo, enjuta, sudada, desmirriada, de bi¬ 
gotes mefistofélicos. La oscuridad fue chupándole la 
vida al enano Robespierre; frente a su futura amada 
muerta, la beldad del trapecio, se arrodilló junto con 
el forzudo y el obeso payaso maricón, sacó de su bol¬ 
sillo una navaja y se abrió el cuello sonriendo san¬ 
grante, feliz y triste, entregado a la muerte que sería 
la sacerdotiza de su tan anhelada boda. Los monos 
después se los comieron en una cena necrofílica fes¬ 
tejando como comensales el himeneo muerto. 


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«El domador» 


El domador salió a la palestra abriendo la jaula de 
las fieras con el látigo en su mano derecha. Un foco 
blanco iluminaba el centro de la pista mientras el pú¬ 
blico asombrado y trémulo esperaba desde la penum¬ 
bra de las gradas el comienzo del espectáculo. Un 
latigazo, dos latigazos, el polvo se levanta en partí¬ 
culas finísimas refractándose en un haz de luz azul 
hacia puntos que se perdían en la carpa del circo. El 
domador, hombre seco y alto, vestido con un chaleco 
verde de lentejuelas y pantalones blancos metidos en 
botas de media caña, miraba con ojos de fuego a las 
fieras que agazapadas rugían y gritaban desde los 
cuatro rincones de la inmensa jaula. De pronto un 
latigazo hiere la pierna de un hombre esquelético que 
miraba de reojo al domador. El esqueleto humano se 
retorció en la arena gritando en árabe insultos incisi¬ 
vos. Otro latigazo, ¡zas!, esta vez sobre su hombro 
izquierdo y el grito desgarrador hace que la calavera 
se levante mostrando los huesos y la fisonomía pro¬ 
pia de una víctima de un campo de concentración. 
Intentó saltar sobre el domador pero un nuevo golpe 
seco en el rostro, oblicuo y filoso, lo obligó a desistir; 
arrodillado comenzó a gemir. Ahora el domador di¬ 
rige su odio hacia una mujer joven y negra, hermosa 
y esbelta, con la piel pintada como si fuese una cebra. 
A ella la acaricia con el látigo, se lo pasa por entre las 
piernas semiabiertas mientras ella está sentada mi¬ 
rándolo con orgullo y desprecio. El domador pasa su 
lengua por los labios y se acaricia el sexo; la mujer 


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negra, semidesnuda, continúa mirándolo con desa¬ 
fío, y en un arrebato de histeria intenta ahorcarlo, pero 
el domador es demasiado hábil y fuerte a pesar de su 
flacura, entonces la toma por una de sus muñecas y 
se la retuerce dejándola arrodillada y gimiente con 
sus ojos clavados en los surcos marcados por el láti¬ 
go. La deja, hace una seña y desde la penumbra co¬ 
mienza el redoble, cada vez más acelerado, más agu¬ 
do, metálico, otra seña con su rostro y silencio. La 
tercera fiera es un anciano envuelto en una manta, 
calvo, desdentado, de ojos perdidos y tristes, desnu¬ 
do en su vergüenza, el domador sonríe, cruza sus 
manos tras la espalda sosteniendo el látigo, se acerca 
al oído y le dice porquerías, lo humilla con palabras 
y le canta «viejo podrido te saqué de la caja cuando fuiste 
a cobrar tus piojosos mangos, viejo podrido que comiste en 
los comedores del inda», y rapeaba con un ritmo de 
redoblante. Da media vuelta y ¡chuf!, el látigo mor¬ 
diendo otra vez pero esta vez cerca del cuerpito de 
una niña de pelo castaño y pálida, vestida de hada y 
de grandes ojos verdes. Una melodía circense comien¬ 
za a sonar en la oscuridad, el público calla y come 
pop, el domador sonríe esta vez con ternura en tanto 
acaricia los cabellos de miel de la niñuela; y la mar¬ 
cha circense aumenta los sones, el foco de luz blanca 
se apaga y la tiniebla cubre el ámbito. Pasan cinco 
segundos y el reflector de luz anaranjada atraviesa 
horizontalmente la gran jaula, en el centro de la mis¬ 
ma aparece una figura humana, de chaleco verde y 
pantalones blancos, colgada y balanceándose con una 
soga al cuello. Las fieras la rodean mirándola con una 
expresión estúpida en los rostros. Traca traca tra. 


21 



«La banda» 


La banda toca su melodía de circo y canta ríos y 
ríos de lágrimas forman ríos y ríos de amor ríos de 
sueños que yo sé muy bien que nunca se harán reali¬ 
dad si un segundo ha durado la vida yo viví un mi¬ 
llón de veces más y no me arrepiento de haberte que¬ 
rido pero si de no haberte matado mientras pude. 

Colombinas cruzan el escenario con pasitos y sal¬ 
tos el guitarrista ciego entona un punteo el manco 
toca los platillos el acordeonista es un paralítico en 
silla de ruedas el cantante tiene las comisuras de los 
labios abiertas hasta las orejas en una sonrisa perpe¬ 
tua de guazón triste el redoblante lo toca un enano 
viejo y al bombo un gordo con pata de palo bailan los 
monos al compás triste de estos volatineros malaba¬ 
ristas flacos como alambre y no me arrepiento de 
haberte querido las trompetas lacónicas de los trom- 
petistas con lepra cubriendo sus rostros lacerados con 
capuchas el público corea y se mueve en vaivenes 
sincronizados la bella joven del circo toca un violín 
de notas amargas los monos saltan mientras comen 
de una fuente ensalada de dedos la beldad entorna 
sus ojos y los músicos la rodean las últimas notas 
moribundas son un réquiem dedicado para el enano 
Robespierre. 


28 



«LOS AMANTES» 


El malabarista cocainómano equilibra su cuerpo 
sobre la cuerda tensa. Una red espera soñolienta el 
posible accidente como una madre de nylon que se 
dolió por muchos hijos muertos. El malabarista duro 
como un bronce camina sincronizando pasos, las 
mandíbulas apretadas, los ojos de vidrio perd idos en 
un posible plano que ha tiempo que lo llama durante 
las pesadillas de la siesta. Luces sicodélicas, haces de 
luces blancas, oscuridad que rodea. Al llegar a la 
mitad de su camino se detiene sin trastabillar, equili¬ 
bra su cuerpo con una barra de estaño y revuelve en 
el bolsillo de su chaleco: extrae una bolsa, pequeña, 
con una sustancia blanca con piedras; se sienta en la 
cuerda, mete su nariz en la bolsa y echa su cabeza 
hacia atrás con ojos vidriosos, aspira y moquea, se 
yergue para continuar la travesía. Llega a la tarima 
que lo espera, llega a salvo y esboza una mueca de 
metal. El público aplaude, el payaso maricón lo ad¬ 
mira y lo ama en secreto. El malabarista saluda des¬ 
de la altura a la ovación y vuelve a meter la nariz en 
la bolsa. Su piernas de bailarín de ballet, musculosas, 
marmóreas, sus bíceps duros, su frente pálida, bri¬ 
llan en la altura (es un romántico alemán); respira 
hondo y comienza a recitar un poema dedicado al 
publico admirado: "SOY UN PÁJARO DE LA NO¬ 
CHE/ CRECIERON ALAS EN MIS PIES COMO 
HERMES VUELO POR EL ÉTER/ LOS ÁNGELES 
ANDINOS SON MIS PADRINOS/ BAJARÉ DE ESTE 
CIELO Y PROMETERÉ AMOR/ A ÉL QUE SIEM- 


29 



PRE ME ESPERÓ EN LA VERGÜENZA/ DE SU SI¬ 
LENCIO Y TERNURA/ PROMETO ANTE VOSO¬ 
TROS, RESPETABLE PÚBLICO/ MI COMPROMI¬ 
SO AMOROSO POR ÉL/ EL PAYASO MARICÓN/ 
MI CONFIDENTE, MI LUNA LLENA/ DE NOCHES 
TRASHUMANTES/ BAJARÉ A SABOREAR MI 
TARRO DE MIEL» ..Marcha circense, fuegos artifi¬ 
ciales, el malabarista vuela por el aire y la red lo 
abraza. Todos contentos piensan en la fiesta matri¬ 
monial, lástima que no estén ni el domador ni Robes- 
pierre, ellos habrían sido los padrinos, igual la bella 
sonríe apenas. El payaso maricón más gordo que nun¬ 
ca poseído por una algarabía sin límites llora de feli¬ 
cidad. El público se levanta y aplaude; los dos se abra¬ 
zan y huyen de la escena; se refugian en el séptimo 
contenedor y el Jardín de Luzbel hace sonar su melo¬ 
día extraña. El amor es un pájaro ciego que vuela por 
el bosque de las almas humanas, y en su aleteo hace 
vibrar el aire de los enamorados. 


30 



ATMOSFERAS 




WaITING FOR THE HEAVI-N 


Desde hace cuarenta tormentas que espero. Subo 
al médano para divisar en el horizonte líquido la es¬ 
trella que se hundirá salpicándome de luz. Pasaron 
muchas horas durmiéndose sobre la arena, las gavio¬ 
tas chillaron al levantar el vuelo y sus vuelos tienen 
una cifra tan arcana como el instante de la primera 
aurora de un génesis remoto. Desde hace mil vientos 
que espero con mi sombra alimentándose de otras 
sombras en la ciudad. Tengo la certeza de que alguien 
me cuida, me lo dijo la baraja, me lo susurró la tarde 
seductora, me lo comentó en sordina el plátano de la 
avenida, lo murmuró el aire del sur, azul, fresco, diᬠ
fano como quien me cuida. Aún así espero que la vi¬ 
gésima sexta tormenta solar de este año me alcance 
con su geometría de fotones y me calcine los pensa¬ 
mientos enfermos. Algo espero en la madrugada 
cuando las cosas comienzan a ser lo que en el día no 
se atreven a ser. Ni me alimento de grises ni escarbo 
la tierra impura, sólo espero algo que me reconforta¬ 
rá, quizás posea el rostro de una mujer o el balanceo 
maternal de una hamaca, o el perfume del jazmín del 
país, o la tersura de un pétalo, poseerá el color que 
falta, el sabor del agua fresca, la voz de una persona 
querida. Desde hace cuarenta tormentas que espero 
lo que no tiene nombra ni forma conclusa, ese peda¬ 
zo de cielo que olvidamos algunas vez. 


32 



Las hadas oscuras 


Las hadas oscuras surgieron de pronto en una tar¬ 
de de verano al ritmo de las olas contra la arena; re¬ 
pletas de yodo y algas se elevaron al suspiro del pen¬ 
samiento y entre bonitas mujeres hicieron sus nidos 
juntando los cantos rodados y las emociones ajenas 
con el fin de poner sus huevos trasparentes. Las ha¬ 
das oscuras se alimentan de nostalgia y fracaso, ago¬ 
bian el pecho con cantos de sirenas enfermas, flotan 
con el fuego del rencor o en el hielo del hastío. Son 
como títeres apolillados en su triste afán de ser per¬ 
sonas; son inspiradoras del juego tramposo; son la 
miseria de la envidia con antifaces de almejas; son el 
deseo cercenado de amores mentirosos que igual a 
jirones de ropa vieja visten el ánimo del pordiosero, 
sin embargo ellas son felices en su infelicidad porque 
cuando la alegría las embriaga ésta se desvanece dan¬ 
do lugar a una tristeza que las acompaña durante las 
tardes, la hora en la que surgen, y están condenadas 
a no poder separar la alegría de la tristeza, están con¬ 
denadas a la angustia feroz luego de la algarabía y en 
esa condena se mueven, flotan, se retuercen hacien¬ 
do del crepúsculo estival un réquiem rojo en el que 
se recuestan invitándonos a dormitar. 


33 



Cuando la constelación habla 


Lo dirá la última constelación, el agua que fluye 
callada y oscura del arroyo, la tormenta que se aleja, 
lo dirán ellas, con sus sonidos y aromas, y nosotros 
escucharemos sus acentos, el silabeo hecho de tiem¬ 
po y tiempo, recostados con nuestras piernas que, cru¬ 
zadas como dos espadas, le hacen un tajo a la tierra 
al caminar. Esta vez la brisa, con su plumaje de esen¬ 
cias, será nuestra hermana y verá tu mano y la mía 
fumando, escribiendo, quietas, volviendo a iniciar un 
nuevo canto que callado se escucha, y que callado se 
remonta a regiones donde el grillo es el profeta. Lo 
dirá la última constelación de impresiones de una 
atardecer de verano que enamorado de la vida se os¬ 
cureció para abrigarla. 


34 



La copa 


¿Cuál es el principio fundamental de esta copa de 
cristal de Bohemia? Poseer el espacio para que el vino 
tinto derrame su oscura alma roja como caracteres 
de una lengua antigua y esotéricamente inefable. 

La noche sonríe con diez estrellas, la bruma bos¬ 
tezó en el puerto y lamió la bahía de montevideo, el 
cerro siempre será, durante las noches, un viejo estu¬ 
che de joyas que un galeón español perdió al hundir¬ 
se por el canto de las sirenas marrones que son olas 
turbias del río. 

(¡El puerto, la bahía!, ¡Qué estoy haciendo de mi vida!) 

Pero te imploro, decime copa de cristal, cuál es el 
secreto que esconde toda mujer; por qué fue ella la 
que comió del fruto prohibido y nos avergonazmos 
después de haber sido expulsados del Edén: lugar 
geográfico-mítico imposible de localizar, oasis de un 
desierto más estéril que la arena del hastío y la sole¬ 
dad? ¿Por qué la riqueza y la miseria envilecen al 
hombre? 

Efluvios bermejos, oscuros, aromáticos, se elevan 
y hablan por la boca de la copa: "AYER A LA ME¬ 
DIANOCHE DEVORÉ TU CUERPO E HICISTE DE 
Mí TU MUÑECA BIOMECÁNICA CUYA PIEL 
CUYO INSTRUMENTO FUERON TU ORGÁSMICO- 
JARDÍNDELASDELICIAS. DESPUÉS DEL TAXI 
QUE TE SACÓ DE MI PLANETA ENCONTRÉ LAS 
LUNAS DE BRONCE BLANCO QUE NECESITA¬ 
BA". Copa cómplice, dame tu oráculo. 


35 



La contemplación 


A Femando Manassi quien otea el infinito. 


Desde la ventana del alcázar divisaba la extensa 
llanura oceánica y amaba con profundidad el agua y 
el mineral; el cielo, de un azul eléctrico, cubría como 
un gran lago todo punto que se percibía desde la ven¬ 
tana del alcázar donde el joven cenobita contempla¬ 
ba el principio del infinito. Sus lánguidos ojos ver¬ 
des, sus cabellos castaños, sus manos fuertes y su hᬠ
bito adquirían un tono anaranjado que el crepúsculo 
vespertino comenzaba a derramar sobre los seres y 
las cosas. La noche llegó y se instaló con sus constela¬ 
ciones. El joven encendió los candelabros y buscó en 
los anaqueles de la biblioteca un libro milenario cuya 
lengua solo él podía comprender. Lo llevó a su pupi¬ 
tre mientras una brisa oscura y marina hizo danzar 
las llamas de los pabilos. Abrió el volumen forrado 
de cuero y leyó los caracteres escritos con tinta ne¬ 
gra; pasó varias horas concentrado en la lectura; un 
pájaro nocturno graznó en la noche sin luna y las es¬ 
trellas rutilaron dejándose caer alguna en el oscuro 
mar. 

Terminada la lectura el joven monje con los ojos 
brillantes y el rostro tranquilo se puso a reflexionar. 
Ese libro, le dijo un viejo monje preceptor suyo que 
ahora está en la Gloria de Dios, fue traído por mari¬ 
neros del sur, quizás fenicios, griegos o cartagineses 
desde el otro lado de las columnas de Atlas, desde 
más allá del océano prehistórico, de una tierra que se 


36 



hundió, una gigantesca isla que Platón llamó Atlánti- 
da. Aquel texto era una Enciclopedia, la única exis¬ 
tente en el mundo ptolomeico, pero también tenía 
fábulas y mitos comparables muchos con los de la 
Antigüedad. El joven había leído una historia en la 
cual un hermoso hombre joven de largos cabellos 
verdes y ojos color ámbar contemplaba pálido desde 
una torre el mar y el cielo y el sol crepuscular, y que 
esperando la noche (cuando en aquellos tiempos ha¬ 
bía dos lunas, una de las cuales cayó hundiendo aque¬ 
lla civilización milenaria), dejaba su posición de ob¬ 
servador y se dirigía a la biblioteca; extraía un volu¬ 
men antiguo y leía una historia que lo llevaba luego a 
reflexionar sobre la misma. Esa historia trataba de 
un ser andrógino y transparente — tal vez un ángel — 
que desde una torre cristalina instalada en los cielos 
observaba el mar y el cielo entero y el sol crepuscular 
pensando en el principio del Infinito ... 


37 



Y TE NEGASTE A VOLVERLA A VER 


Electricboy y el Tupa de Cabarute salieron pechan¬ 
do la noche fría y blanca con sus narices hinchadas. 
Prometieron como tantas veces no volverla a ver y 
sin embargo el vacío de sus horas les grita con voz de 
caramelero: ¡VAYAN A BUSCAR A LA DAMA 
BLANCA ESA PERRA QUE SATISFAGA MI INEP¬ 
TA EXISTENCIA EN LOS RINCONES DE VUES¬ 
TROS CORAZONES! Y es así que Electricboy, el más 
prepotente y parásito ser del Condado, esgrime su 
perfil azulado e increpa con ojos de azogue al Tupa 
de Cabarute que, ahíto de cerveza y longaniza, gor¬ 
do como una garrapata bien cebada, desde la mesa 
tuerce la boca, moquea, eructa y dice vamos ya. 

La noche los volverá a patear pero tienen como 
armadura el orgullo fundado en que los demás, ex¬ 
cepto ellos o dos más, son imbéciles, es decir que se 
sienten Zaratustra bajando de la montaña, de una 
montaña blanca de éxtasis y bronce; farfullan el 
lunfardo y miran de cotela al que pasó. 

Odian los pájaros cuando cantan al amanecer, la 
bolsa vacía, la última gota de alcohol, la flaca caja de 
cigarros, sus rostros en el espejo, la mandíbula apre¬ 
tada, los últimos cien pesos, el planeta tierra y el sis¬ 
tema solar, pero, como dice la canción: "hay que salir 
a buscar más"; y en el camino de la mañana se en¬ 
cuentran con el Idiota que está en las mismas condi¬ 
ciones. El fusca derrapa idiotamente sobre las últi- 


38 



mas sombras de la madrugada llevando enjaulados 
a Electricboy, al Tupa de Cabarute y al Idiota, serios, 
molestos, soberbios, quizás algo arrepentidos, pero 
el amor por ella es tan grande que no se dan cuenta 
que esta damisela ramera y blanca algún día elegirá 
a uno de ellos como concubino y se lo llevará a vivir 
con ella entre el polvo. 


39 



El soñador de siestas 


Despertó de una siesta infinita en la cual encontró 
la sonrisa de faunos extinguidos, perfumada de ro¬ 
sales de octubre, tenue como un vapor. Su primera 
palabra fue "ella" y la pronunció en la penumbra del 
cuarto mientras las persianas enrojecían de celos y 
pudor. Luego se levantó, buscó los zapatos que se 
habían agazapados en un rincón y llamó con una mi¬ 
rada a la camisa colgada del perchero para que, flo¬ 
tando en el ambiente, se tragara la anatomía del so¬ 
ñador de siestas. La radio comenzó a cantar un blues 
de cadencias nocturnas con una letra satírica, y bailó 
un rato antes de entrar al baño. "Si te vas, no te voy a 
extrañar... andá por la sombra y cerrá bien el por¬ 
tón"; el saxofón trepaba como un caracol rosado las 
paredes, la batería, ¡ay. Dios!, era un corazón loco, y 
el saxo seguía trepando ahora metálicamente dorado 
en su caparazón, y "dale, seguí el ritmo y olvídala un 
rato", saxofonaba. En el baño el espejo le hacía mue¬ 
cas, el soñador de siestas se vio siete canas, cuatro 
arrugas y una barba de tres días, "me falta poco para 
llegar a los treinta", pensó mirando de reojo a la toa¬ 
lla ridicula. Al rato llegaron a su domicilio todos los 
recuerdos de amores pasados y le golpearon el tim¬ 
bre, entraron en tropel instalándose en todos los es¬ 
pacios libres; uno de los recuerdos se erigió de juez 
ante el tribunal y con voz de redoblante sentenció: 

"Te hallamos relativamente culpable de los dolo¬ 
res ajenos, no obstante, cumplirás una pena que con- 


40 



siste en querer y no poder llegar a lo querido, en de¬ 
sear y quedar insatisfecho, en anhelar y perderte en 
la urdimbre laberíntica de los sueños, en soñar y sólo 
soñar, y sobre todo, en recordar con precisión cada 
detalle de tu amada cada vez que la recuerdes, y lue¬ 
go en la madrugada, despertar sudado por ella y no 
poder saciar tu sed, ni desgravar de tu alma pecado¬ 
ra ahíta de amores cercenados las miradas, los la¬ 
bios de rosado pálido, la blancura de su piel, el perfil 
perfecto, la voz consoladora, el cabello alegre, etc. Te 
condeno, archívese". Los demás recuerdos hicieron 
silencio en la sala y miraron al soñador de siestas que 
los miraba con cara de desafío como la del criminal 
en el patíbulo; todos se levantaron y escaparon por la 
ventana del living. El soñador de siestas se puso al 
fin los pantalones porque sólo vestía la camisa y los 
zapatos y se marchó por las calles arboladas, orgu¬ 
lloso, altivo, hermoso como la nochecita que se mo¬ 
vía en el cielo como una mulata en la cama, que es el 
segundo cielo del soñador. 


41 



Una historia del siglo XVIII ó XXI 


Una carroza cruza el puente de la curva del cerro; 
la neblina oculta la bahía pero los caballos galopan 
tranquilos en las buenas manos del auriga. En la ca¬ 
rroza va una mujer ensimismada, voluptuosa, recos¬ 
tada en los mullidos asientos de la carroza. Está pen¬ 
sando en lo agradable de la velada nocturna en la 
cual el concierto de Vivaldi la transportó por lugares 
etéreos como un perfume de lúgubres aromas. Una 
carroza va cruzando el puente de la curva del cerro y 
la melancolía tiene rostro de mujer. De repente, entre 
la niebla del amanecer, la joven ve caminando a un 
mendigo con un sombrero calado cuyas alas ocultan 
el rostro, una gabardina gastada por la lluvia y por 
las palabras de los tugurios. La joven ordena al auriga 
a que detenga la marcha; abre la ventanilla y con ojos 
que destilan lágrimas (quizás por el ideal) llama al 
mendigo que resulta ser un joven de mirada verde, 
profunda, abismal como el océano. La bruma los en¬ 
vuelve; los caballos que se detuvieron relinchan, el 
sol es un espejo opaco levantándose soñoliento. "Oiga, 
joven, parece que se dirige hacia el mismo rumbo que 
yo", dijo la joven mientras sus negros cabellos se 
perlaban de gotas. "Puedo llevarlo", sugirió algo arre¬ 
pentida. "Gracias, mademoiselle, ambos tenemos dis¬ 
tintos rumbos aunque nos dirijamos juntos", respon¬ 
dió el joven pordiosero calándose el sombrero. "Pero 
de buenas ganas le ofrezco estas tres monedas de oro 
cuyas caras tienen acuñadas la efigie de Carlos V, El 
Emperador, pues su imperio se extendió tanto que 


42 



jamás se puso el sol". La joven aristócrata pestañeó y 
sus ojos negros disiparon la bruma. Tomó las tres 
monedas de oro y mirándolo como si fuera su ángel 
protector volvió a inclinarse sobre el asiento; "conti¬ 
nuemos", ordenó, y la carroza siguió al trote de los 
corceles negros. El mendigo quedó atrás, como un 
recuerdo, con el sedimento que dejan los sueños, atrás 
en la niebla desvaneciéndose igual a una pena de 
amor. 


43 



La guardiana 


Una estrella que ampara a alguien comentó a sus 
colegas que ella había nacido como la más bella de 
todo el firmamento; eso dijo la estrella, y que ade¬ 
más, como reina de un mundo, — humano necesaria¬ 
mente—, tenía un signo oscuro que la distinguía de 
las demás. 

Otras estrellas que amparan iguales a ángeles de 
la guarda se ruborizaron de tanta soberbia decidien¬ 
do convocar una asamblea con el fin de saber cuál 
era la música preferida entre todas. Las estrellas con¬ 
formaron un firmamento ajustándose a la Orden Su¬ 
prema de alterar temporalmente sus constelaciones. 
Claro, dependiendo de dónde se mire, Piscis puede 
ser Orfeo para alguien de Alfa del Centauro, Escor¬ 
pio se denominaría Latino para un observador de 
Sirio. 

Sorteando diferencias caleidoscópicas las estrellas 
que amparan se reunieron en asamblea también para 
vaticinar el próximo deshielo. Sin embargo la más 
soberbia se encendió azulmente de indignación ar¬ 
gumentando que ella, la más sublime y etérea de la 
constelación más próxima a la Vía Láctea, dudaba del 
poder de la música (el de las esferas inclusive), y que 
ella prefería, como toda enana azul, el verso endeca¬ 
sílabo español de pie yámbico. El atrio quedó callado 
por tanta vanidad; pero una estrella gigante roja a 
punto de extinguirse habló: "poco de vida me queda. 


44 



devoré a siete planetas y a un innumerable afán de 
seres vivos, abrasé entelequias y dolores, ese era mi 
destino. Ahora que dejé a mis predilectos por expe¬ 
riencia digo: dobleguen vuestras voluntades a la de 
los elegidos". Los capiteles y atauriques, los astrágalos 
y bóvedas, asintieron en aquel templo cósmico don¬ 
de la estrella rebelde rutilaba de pasión. 

Los quásares desplegaron velocidades afirmativas; 
los soles amarillos brillaron como sólo ellos lo saben 
hacer. Pero la estrella que ampara vaya a saber a quién 
insistió con su retórica; hay que disculparla porque 
el amor que siente por su predilecto es tan fuerte que 
sería capaz de cambiar con un impulso el orden del 
zodíaco. Las demás la comprendieron, como buenas 
hermanas que son, y disolviendo la asamblea univer¬ 
sal la dejaron sola en el atrio mientras se retiraban 
hacia sus geometrías estelares. La estrella azul flotó 
por el atrio de columnas de diamante, se detuvo y se 
dijo mirando la Perfección: "Mi predilecto es un poe¬ 
ta y yo no sé quién soy cuando me invoca. Tanto le 
adoro que sería capaz de extinguirme dejándole un 
beso azul en la última despedida, en su último verso". 


45 



Las Ideas 


Para Julio Inverso 
Reifuiescat In Pace , Frater. 


Los hombres son galeotes de la nave redonda que 
boga por el infinito implacable. Reman y reman dan¬ 
do vueltas en el mismo mar. Están encadenados a 
sus ansias, al deseo sublime o abyecto, blasfeman o 
ruegan la gracia de un dios. La nave flota en el mar 
oscuro sin viento, mientras los remeros continúan 
viéndole la cara a la muerte. La fuerza es el tiempo 
que doblega voluntades; y bogan y naufragan y gi¬ 
ran como hojas cuyo torbellino es la tiranía del pode¬ 
roso. Uno de ellos, filósofo, observa que la ondas más 
próximas a la nave son rápidas, que a unos metros 
son más lentas y puede observarlas, y que aquellas 
ondas lejanas se perciben con más intensidad; y piensa 
que así son las ideas humanas: las más cercanas flu¬ 
yen muy rápido y apenas se pueden aprehender (son 
los pensamientos constantes), las ondas un poco más 
allá son las ideas que se instalan y se reflexionan pero 
que a veces escapan por las ondas más cercanas y 
entonces la reflexión cesa. Pero aquellas ondas aún 
más lejanas que se mecen suaves son Las Ideas que 
verdaderamente se mantienen impávidas, incontami- 
nables, son aquellas que sólo el poeta o el filósofo 
pueden contemplar; la nave sigue bogando y los hom¬ 
bres son galeotes de un destino incierto. Sin embargo 
para llegar a las más lejanas ondas del mar es necesa¬ 
rio instruirse, meditar teniendo paciencia porque las 
olas más cercanas atrapan la atención, son los pensa- 


46 



mientos que vagan sin razón fluyendo; las interme¬ 
dias se captan por la razón pero se mezclan con las 
primeras. Las más lejanas ondas de ese mar incon¬ 
cluso se aprecian mejor porque el tiempo no las ex¬ 
tingue rápidamente; a veces se ocultan entre las pri¬ 
meras olas sobre todo cuando el mar se pica o bien 
cuando el galeote deja su mirada en las olas de su 
remo. Quizás sea una cuestión de velocidad o pers¬ 
pectiva, pero aquel que esté atento dirigirá su mirar 
hacia la verdad lejana, ignorando las olas cercanas 
que se deshacen fácilmente. Tendrá un duelo cons¬ 
tante porque las ideas fútiles, los pensamientos efí¬ 
meros están eclipsando la espuma de la verdad. El 
hombre, por eso, es un galeote que rema y rema sin 
conocer orillas. 


41 



Despedida 


Nunca te vi sangrar como una tarde de enero, de 
todas maneras busco en mi memoria vegetal los frag¬ 
mentos de aquel tiempo en el que estuve contemplan¬ 
do la sangría sobre tus venas queridas. Así lo sosten¬ 
go, similar a un ángulo entre dos líneas cruzadas, 
amor mío, lo sostengo igual al árbol con sus ramas y 
hojas y aun así deambulo con los ojos tristes entre 
calles arrepentidas. Si supieras el sufrimiento, la ra¬ 
bia, el desasosiego que me patean los días estoy se¬ 
guro que elevarías plegarias a un dios que calla pero 
no se inmuta porque las nubes traducen su lenguaje 
para aquellos que lo saben leer. Querida mía, amor 
de mi cielo, te ruego que no me patees como una ce¬ 
bolla podrida de la cocina, apiádate de mis horas ro¬ 
tas, que yo estigmatizo en la distancia. Nos unire¬ 
mos, solo el tiempo será nuestro padrino de bodas; 
adiós ventanas venecianas, chau querido trafoguero, 
hasta siempre tierra seca, nos veremos en el manico¬ 
mio estelar. 


48 



INDICE 





COSMITOLOGÍAS 


Calixto.8 

Dulcinea.10 

Eurídice. 12 

Faetón.14 

Ganimedes.16 

Hamlet.IB 

ESCENAS DE CIRCO (Délicatesse) 

La Bella. 22 

El enano del circo.24 

El domador.26 

La banda.28 

Los amantes.29 

ATMÓSFERAS 

Waiting for the heaven.32 

Las hadas oscuras.33 

Cuando la constelación habla. 34 

Aj& copa.35 

La contemplación. 36 

Y te negaste a volverla a ver ..38 

El soñador de siestas.40 

Una historia del siglo XVIII ó XXI.42 

La guardiana.44 

Las Ideas. 46 

Despedida.48 


51 

























Vintén Editor 


Obras publicadas 

- ALMANAQUE 1997. Montevideo antiguo y su gente en imágenes. 

- ANTOLOGIA DEL RETRETE, (graffiti de los baños de mujeres). 
Andrea Blanqué. 

- ARIADNA EN SU LABERINTO. Tres cuentos para estudiantes. E. 
Anderson Imbert. 

- BIENVENIDA A LA MAQUINA. Fernando Agorrody. 

- COMO TEMBLOR DEL AIRE. La poesía de J. Gelman: ensayos 
críticos. Benedetti, Vilariño, Achugar, Uribe. 

- CONTRA CUALQUIER MURO (los graffiti de la transición). Eduardo 

Roland. 

- CHINA Y EL COLAPSO MUNDIAL DEL LENINISMO. Sarandy Cabre¬ 

ra. 

- CLINICA EDUCACIONAL. Reflexiones desde la interdisciplinarie- 
dad. M. Garbarino, H. Santini y otros. 

- ¿CULTURA URUGUAYA O CULTURAS LINYERAS? Abril Trigo. 

- DE LA CREATIVIDAD Y EL NEO-KITSCH. Pere Salabert (Ensayo 
sobre Estética). 

- DELMIRA AGUSTINI. Nuevas penetraciones críticas. Uruguay 
Cortazzo, Coodinador. A. Cáceres, P. Varas, A. Gil, S. Molloy, G. 
Renart, G. Kirpatrick. 

- DEMOCRACIA Y ECOLOGIA. La política de la gestión ambiental. E. 

Gudynas, H. Gatto, A. Santandreu y otros. 

- DERECHOS HUMANOS Y DICTADURA TERRISTA. Rodolfo Porrini. 

- DROGAS. Clínica y psicopatologia del uso indebido de sustancias 
psicoactivas. Juan Triaca y Artigas Pouy. 

- ECOLOGIA, MERCADO Y DESARROLLO: Políticas ambientales, 
libre mercado y alternativas. Eduardo Gudynas. 

- EN NOMBRE DEL SEXO MASCULINO. O. Freire. 

- EL ARQUITECTO. Pedro Figari. Poesía. Reproducción facsimilarde 

la edición de 1928, París. Contiene360 viñetas del autor, especial¬ 
mente preparadas para la edición original. 

- EL PALACIO DE LA RISA. Germán Marín. (Novela). 

- EL RECETARIO DE LA MEMORIA. Sebastián Elcano. (H.García 
Robles) (Segunda edición). 

- EL COMPLEJO DE PROSPERO. F. Arocena y E. de León. 
(J.G.Merquior, R. M. Morse, S. Schwartzman, L. W. Vianna). 

- EL DUELO. Duilio Luraschi. Cuentos. 


52 



- FIERA DE AMOR. La otra muerte de Delmira Agustini. Guillermo 
Giucci. 

- HISTORIA DE LA IZQUIERDA URUGUAYA (1919-1923) Tomo III. 
Fernando López D'Alessandro. 

- LA LUZ ES UN ABISMO. Olga Orozco. 

- LA MODERNIDAD Y SU DESENCANTO. Felipe A rocen a. 

- LA REVOLUCION ESTAFADA. (P.C.U. y aparato armado), Sergio 
Márquez. 

- LA SEÑORITA BUSCATESOROS. (historieta bilingüe). Beatrice 
Serna. 

- LAS TRANSNACIONALES Y EL CAPITALISMO URUGUAYO. Gustavo 

Arce y Daniel Olesker. 

- LOS INFIERNOS DE LA LIBERTAD. Daniel Iribarne. (Novela). 

- NAUFRAGIOS CELEBRES. Antonio D. Lussich. (2 a edición). 

- SOLOS EN LA FUENTE Y OTROS CUENTOS. Leonardo Rossiello. 
-VERTIGO. (Cuentos) Duilio Luraschi. 

Cuadernos Didácticos 

-ALGODON, MAIZ Y OLIVO. Varenka Eloy y otros. Actividades para 
la coordinación de Historia y Geografía I o C. B. 

-JUGANDO A LEER. Susana Agras y Josefina Barreira. Recomendado 
por la Inspección de Compensación (Area I) E. S. 

-EL REINO DESCONOCIDO. Elementos de Mineralogía. Rubén Elias. 

Poesía 

-ACERCA DE LA LIBERTAD. Ingemar Moberg. 

-ARCILLA PROHIBIDA. Alvaro Angel Malmierca. 

-ANTOLOGIA POETICA. Juan Gelman. 

- CUERPOS EN POSE. Roberto Appratto. 

- “CORAZON DE ROBLE: Teresa Amy. 

- DEL INSURRECTO. Sarandy Cabrera, 

- DIARIO DE LOS ULTIMOS DIAS DEL ARCHIPIELAGO. Sergio Altesor. 

- DESPRENDIMIENTOS. Sabela deTezanos. 

- DONDE VUELA EL CAMALEON. Ida Vitale 

- EN LOS ABEDULES ESTA LA LUZ. Jan Erik Vold. 

- ELEGIAS COMPLETAS. John Donne (trad. Sarandy Cabrera). 

- ¿ESTARA NOMAS CARGADA DE FUTURO? C. Liscano. 

- FALSAS CRIATURAS. Julio Inverso. 

- GUETO. Roberto Mascaró. 


53 



- HOMENAJES. Enrique Fierro. 

- LA SAVIA DUDA. Enrique Fierro. 

- MINIMA NATURAL DISTANCIA. Alberto Villanueva. 

- NOMENCLATURA Y APOLOGIA DE LA CONCHA. Pancho Cabrera. 

- 8 ANTOLOGIAS PERSONALES. Poesía uruguaya en Suecia. 

- POEMAS SENTIMENTALES. Carlos Brandy . 

- PAPELES DE VOLUSIO. Sarandy Cabrera 

- POEMAS SIN TERMINAR. Góran Sonnevi. 

- POESIA LIBERTINA. Pancho Cabrera. 

- PUTA CICUTA e Intifada. Sarandy Cabrera. 

- QUIERO VER UNA VACA. Enrique Fierro. 

- QUIMERINOS. Sarandy Cabrera. 

- SAGITRA ¿Quién ama a los niños pobres de Montevideo? Sinan 
Raug. 

- SONETOS LUJURIOSOS Y PASQUINES DEL ARETINO. (Trad. de 
Sarandy Cabrera). 

- SOBRE FUGAS Y PERMANENCIAS. Iris Sclavo Armán 
-TEOREMA. Carlos E. Brandi. 

Ediciones de Juan Darién 

-ANGEL DE MEDIANOCHE. Miniversiones y otros dioses menores. J. 
Dardo Villaverde. 

- ¿EL FIN DE LA HISTORIA? Francis Fukuyama. 

- EL FIN DE LA TONTERIA. Miguel B. Alzamora. 

- EVANGELIZACION Y CONQUISTA. Julio de Santa Ana. 

- LA CONQUISTA DE LO MARAVILLOSO: EL NUEVO MUNDO. 
Guillermo Giucci. 

- DESPUES DE LA POLITICA. Ricardo Viscardi. 

- ORO de la conquista versus DOLARES de la deuda externa. S. 
Cabrera. 

- URUGUAY: ¿PAIS EN TRANSICION? Michel Boulet. 

- 5 RELATOS ESCOLARES. Concurso de relatos escolares de 6 o año 

B de la Escuela N° 80, Brig. Gral. Juan Antonio Lavalleja. 

Poesía 

- ABREME LA PUERTA. Sergio Cassarino. 

- SOLEDAD BLANCA. Sergio Cassarino. 

- LA VIDA ES UN PENTAGRAMA DE OBSCENIDADES. A. Z. Armstrong. 

- LOS ROSTROS DEL AGUA. Eduardo Insua. 


54 



Minílibros de Vintén 

- CENIZAS DE SUEÑOS. Iris Sclavo Armán. Novela. 

_ de LA RALEA DE LA VOZ. Alberto Villanueva. Poesía. 

- EL INVIERNO DEL ANGEL. Carlos Brandy. Poesía. 

- LA MEDICINA ALTERNATIVA. Aspectos éticos y jurídicos. James F. 

Drane. 

- EL PEON DE LA ESTANCIA SAN SEBASTIAN. Alberto “Beto" Cía. 

Poesía. 

- PALABRA ANTIGUA. Richard Piñeyro. Poesía. 

- en CUANTO LLEGUE a PARIS. Eduardo de Souza. Poesía. 

- LIMERICK. El epigrama inglés. 

- FIN DEL CAPITULO RUSO. Cuentos. Antonio Alvarez Gil. 

- CITAS DE ARTIGAS. Selección y notas de Alfonso Fernández 

Cabrelli. 2 a Edición. 

- HIROSHIMA. Elias Uriarte. Poesía. 

- RETRATOS DEL MERODEADOR y otros poemas. Teresa Amy. 

-EL SILENCIO Y LA LUZ. José Da Cruz. Poesía. De próxima aparición. 

- MAS LECCIONES PARA CAMINAR POR LONDRES. Julio Inverso. 

Poesía. 

- LA LUZ DE ESTA MEMORIA. Ida Vítale. Poesía. Edición Facsimilar 

50° aniversario. 

- VELOZ ETERNIDAD. Alfredo Fressia. Poesía, 

-SELECCION NATURAL. Enrique Fierro. Poesía. 

- UNA OSCURA PRADERA VA PASANDO. René Fuentes Gómez. 

Poesía. 

- LABIOS DEL PONIENTE. Jorge Ernesto Olivera. Poesía. Premio 

Intendencia Municipal de Montevideo 1999. 

-ATMOSFERAS. Poemas en Prosa. Federico Rivero Scarani. Mención 
honorífica l.M.M. 1999. 

- DE MI PIEL ME SALGO. Poemas. Gladys Burci. 

-TABACO. Lalo Barrubia. Poesía. De próxima aparición. 

- MUJER EN CONSTRUCCION. Mariella Nigro. Poesía. De próxima 

aparición. 

- PROVIDENCIAS Y OTROS CUENTOS. Dulio Luraschi. De próxima 

aparición. 

- LITURGIA URBANA. Nelson Díaz. Poesía. De próxima aparición. 

- NO SE DEVUELVEN ORIGINALES y otros cuentos. Justo E. 

Vasco. Humor. 

- CUATREROS. Hoenir Sarthou. Novela. De próxima aparición. 


55 



Maxilibros de Vintén 


- ILUSIONES, FRUSTAOIONES Y ESPERANZAS DE LA IZQUIERDA. 

Ernesto Kroch. Ensayo. 

- SERPIENTE. Sergio Altesor. Poesía. Premio Literario Municipal 

1997. 

- 50 DIBUJOS DE EVA OLIVETTI. Un libro para coleccionistas de la 
conocida pintora, discípula del Taller Torres García. 


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Federico ftivero Scoroni 

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Federico Angel Rivero Scarani, 
Montevideo 1969, es profesor de 
Literatura egresado del Instituto de 
Profesores Artigas. Publicó poemas y 
ensayos en varias revistas y periódicos de 
Montevideo. También poemas suyos, 
escritos en portugués, fueron 
seleccionados por la Editora Valenga 
para integrar una Antología en dicha 
lengua. 

Lleva publicados dos libros: "La lira, el 
cobre y el Sur", 1993 y "Ecos de la 


Estigia", 1998. 


El presente libro que hoy publicamos, 
fue premiado en el Concurso Literario de 
la Intendencia Municipal de Montevideo 
de 1999 con una "Mención Honorífica". 



Vintén Editor 


I.S.B.N. 9974-570-79-4 


Grabado de Tapa de Max Ernst